Temo que ya no me conozco a mí mismo. Cuando es de día, me la paso viendo hacia el sol como si fuera la única cosa que ver en este mundo. Lo veo como a unas horas es brillante y otras es como si batallara mucho para estar brillando y yo quisiera preguntarle porqué siquiera está pensando en brillar en este mundo.
Si fuera sol, estaría buscando otro lugar para brillar donde la gente no estuviera usando mi luz para hacer esas horribles horribles cosas. De noche miro hacia la luna para ver si en ella hay un hombre sonriendo. Dicen que la luna es como un hombre que está sonriendo, pero yo no puedo ver a nadie riendo allá. Si es de noche, si es de día, nadie ríe. A veces camino y camino y camino, hacia donde el sol está bajando. Lo miro como queriendo agarrarlo con mi mano y apachurrarlo hasta escurrirle todos sus colores para siempre. Así, en todos lados estaría siempre la noche y en lo oscuro nadie jamás tendría que estar viendo las cosas terribles que están pasando en este mundo.
Uzodinma Iweala
Dónde está mi mamá.
Ahorita vuelve.
No es cierto nunca vuelve.
Hoy en clase tenía que exponer algo que
iba sobre “la complejidad en las ciencias sociales” en cambio me encontré
atrapado por la prosa de Carlos Valdés que me encomendaron comentar para la Feria del Libro de La Paz. La colección crónica de historias que
ha recompilado en un trabajo periodístico ha llevado al sinaloense a recorrer la
verdadera complejidad social de vida con que nos las vemos en nuestro entrañable espacio de experiencia al que llamamos México.
Como estudiante de un posgrado y en los
talleres culturales que imparto todos los sábados protegido por los muros de la
academia a menudo, parece posible vivir en un mundo de metáforas y literatura
birlando las trampas del cuerpo por las miras más amplias del intelecto. Eso es
algo que desde hace dos años no siento de la misma manera. Me persigue la
sensación de que cuando los poetas dicen “es necesario proteger al cuerpo, no a
la mente” no estamos habitando ya el reino de la palabra.
Estas ya no son metáforas
Contrario a lo que pareciera indicar el
título Huérfanos del narco es un libro que no trata de contar 10 historias de
resignación y duelo. Al contrario, lo que atraviesa el texto de Javier Valdés
es un índice de presencia. Una tarea constante de permanencia en el asolado
panorama de violencia que sacude a nuestro país desde hace ya varios años.
Se pude decir en cambio que los
episodios que están unidos por un código de resistencia. Resistencia evidente
mejor que en ningún momento en la figura del infante. Infancia, que ya no es
metáfora, porque esa la palabra extraviada es consignada aquí como condición
de posibilidad para la resistencia. No decir es resistir.
¿Dónde está tu papá?
No sé, se fue a trabajar.
A pesar de la claridad de su prosa y el
cuidado de la edición, este texto como los demás que caracterizan el trabajo de
Valdés no es fácil de leer. E s un texto que requiere el ejercicio
activo de su lectura porque uno recorre las páginas con las manos repletas de
certeza de que ahí: en donde está la ternura y la fortaleza de una familia,
atizada por la inocencia de un niño, se articula un acto de resistencia. Un
cuerpo que debe ser protegido.
A menudo en el trabajo académico donde
me desarrollo, se habla de la necesidad de promover la resiliencia social, de
las condiciones de posibilidad para reconstruir el tejido social, del posible diálogo de saberes, “Los huérfanos
del narco” sin ninguna pretensión científica de objetividad, pero en un
ejercicio comprometido de periodismo humano muestra a la juventud y la infancia como vanguardia de un estado más allá de toda capacidad de recuperación.
Niños que no saben a dónde fue su mamá y desarrollan cardiopatías, que se les detiene el corazón de tristeza. Adolescentes a los que les brotan “Flores negras” en la mirada. Los puños cerrados de un niño cuyo padre se fue para no volver.
Infancias porque se les ha negado la posibilidad de ser niñez, voces acalladas por un país que no le apuesta a su futuro.
Valdés se hace acompañar de una especialista para preguntarse qué significa niñez en un país en donde los escolares deben de aprender a echarse al suelo en clases cuando hay tiroteos y la violencia es parte de su día a día, mientras, el tema más importante en torno a la violencia infantil en nuestro país sea el que se da entre ellos: bullying, pandillerismo, comercio sexual, etc.
Que a la sociedad mexicana en su
conjunto aplica ejemplarmente lo que el filósofo Giorgio Agamben expone entorno
a la expropiación de la experiencia de ser niñez: nunca –dice en su texto Infancia y experiencia- se vio sin
embargo un espectáculo más repugnante de una generación de adultos "que tras
haber destruido hasta la última posibilidad de una experiencia auténtica, reprocha su miseria a la juventud porque ella ya no es capaz de la experiencia".
La respuesta que los huérfanos ofrecen con su silencio es maestra de que la guerra con la infancia no es del narco, es de las instituciones, de nosotros como sociedad, nuestros políticos luchan con sus decisiones en contra de la niñez.
Ningún político se pararía hoy en los estrados a decir, "estoy en contra de los niños", pero en la ausencia de un sistema para cobijar a los niños que viven violencia extrema en nuestro país, que considera que la violencia hacia los niños es un aspecto más de la formación de esos niños, que no tiene un registro oficial de quienes se han quedado en el desamparo, en su lucha, por el control del flujo del mercado negro hacia el norte de nuestro país.u Uno no puede dejar de pensar que hay una guerra del estado contra la niñez, que esa es la retórica de la acción.
Son malos tiempos para la niñez en México.
Valdés Cárdenas, Javier (2015) Los huérfanos del narco. Aguilar, México.