Dos caminos


Alguien me encomendo una autodescripición... Cómo no he publicado nada:

Quizá tendría diez cuando mi madrina me llevó a colectar algas marinas a El Caimancito, transportado en la panga de investigación por ‘el canelo’—miembro de esa raza pescadores ribereños reclutados por la empresas de investigación marina, conocedores de una ciencia que no puede ser aprendida en el aula— desde el CICIMAR en El Conchalito a las playas que colindaban con la entonces casa de gobierno. Era la primera vez que veía todo de esa manera, al revés: en vez de ir viendo el paisaje marino desde el automóvil rumbo a la playa a divertirnos salíamos por el mar rumbo al arrecife a trabajar.

Realizar este trayecto por el puerto de La Paz desde la bahía, por enfrente del malecón y sus lugares emblemáticos: el muelle fiscal y el de ‘La Reina’, el molinito y allende el bullicio de la ciudad entre semana; para luego salir por Palmira al desértico cerro de la calavera es también un viaje hacia mi infancia. Cada que salgo ‘por el camino del mar’ recuerdo ese primer día que fui a trabajar en la playa, algo me ha marcado desde entonces.

Aquel día conocí la mantaraya, peligroso pez sin huesos que dormita bajo la arena y grácilmente vuela bajo el agua sólo hasta ser molestado por los intrusos con aletas y visor. Todo lo que habitaba bajo la sombra de las algas me fascinaba, en los libros de mi madrina se hablaba de las iguanas de galápagos, dinosaurios modernos que perezosos forrajean entre las algas del pacifico austral. Yo nunca vi iguanas en mi infancia, más que en las láminas del tratado ilustrado de la serie científica TIME-LIFE que hojeaba una y otra vez en la biblioteca de mis padrinos por veladas enteras en las que mi familia bebía jugando domino quejándose del PRI y de Fidel Velázquez en la cocina, hasta altas horas de la noche, mientras era abandonado en piyamas en la alfombra de una jungla de libros científicos que formaron en mí, otra forma de ver la realidad en la que me perdía: las complejidades mi mundo infantil confundiendo la ciencia y sus imaginarios.
O quizá tendría veinte cuando estaba aplastado en los cómodos asientos de la biblioteca del campus cuando leía un tratado de evolución y entendí que cometía un error y no era el estudio de la naturaleza, sino el estudio de la ciencia lo que estaba intentando comprender. Que no eran las salidas de campo sino las conversaciones y el aprendizaje que se tiene con todos los ‘canelos’ conocidos en cada salida de campo: hombres y mujeres que viven de la diversidad marina en donde estaba mi verdadero interés, no en la evolución de la ciencia sino en el cambio cultural.
El animal más interesante se convirtió en el único que no estudia la biología y mi interés más especializado era lo único que no se experimenta sino con la experiencia ¿qué parte de mí cambió ahí? Mi camino no sería en adelante, por la ruta pavimentada del método científico sino que realice entonces que quizá habría que trazar un curso en la bastedad sin guía del ser humano. Era el 11 de septiembre del 2001 cuando salí de la biblioteca por que mis amigos me arrastraban escandalizados a la cafetería a ver como se inauguraba nuestro siglo.

Me vi tropezando por cambiar de ruta hasta topar con mi regreso al ‘puerto de ilusión’. Algo ahí se define como propio sin haber nacido. Hay un lugar sin nombre para pertenecer en estos llanos desolados que han sido llamados a fin del mundo. Me enrolé a la carrera por la filosofía y me busqué un trabajo de medio tiempo, la fortuna me sonrió cuando me lo dieron en un videoclub de culto donde conocí todas las especies de películas posibles. Me adentré a catalogar los géneros cinematográficos como aprendía de las especies vegetales y sucumbí ante la sopa primordial de las formas culturales que resisten toda definición o agregación, pues cada una en sus diferencias las contiene a si mismas. Algo que al menos pasa con los buenos filmes, los que sobrevivieron en la lucha por el más apto: al ser recomendados a un cliente y recibiendo de vuelta su perspectiva puede uno dar cuenta de lo distinto que la paja en el ojo ajeno hace ver cada película a su espectador. Pero también, a veces, al revés: con el tiempo se entiende la viga que pende del ojo crítico.

Quizá fue a los 30 años, tratando de acabar una carrera de una vez por todas que me doy cuenta que el desierto es metáfora del mar y viceversa. Que un oasis y una isla desierta encierran el mismo secreto: un viaje al inframundo de la soledad que acompaña y revela al ser, que siempre acompaña al humano. El revés que encierra la paradoja en la que animal y ser humano conviven en el mismo cuerpo vivo.
Un filme que acaba de comenzar, en una carretera desolada, en medio de un mar de espejos.

El mito del guarnicionero.

El miedo a estar abandonados o de plano ser vástagos de un 'Dios yerto'. El pavoroso centro del inquieto nómada que canta en las historias que se cuentan en la noche de los caminos. Algo que acojona... lo que aulla en la oscuridad al lado de las veredas antiguas que hicieran los pasos de ambulantes distintos. Un par de monedas en los ojos para emprender la última travesía. En la que se troca constantemente el andar con el nunca moverse a ningún lugar.

En la región occidental de los Alleghanys, cuando todavía era una tierra virgen, vivía hace años un hombre que tenía una guarnicionería al pie de la carretera federal. Su oficio era guarnicionero y de ahí el taller, mas apenas le sacaba partido, ya que por aquel pasaje pasaban pocos viajeros a caballo. Tan es así que adoptó la costumbre de disfrazarse de indio y apostarse unos kilómetros más arriba de su taller esperando a que pasara algún transeúnte para pedirle dinero. Hasta entonces nunca había hecho daño
a nadie. Un día acertó a pasar un hombre y el guarnicionero salió de detrás de un árbol con sus abalorios y sus plumas y le pidió unas monedas. El hombre era joven y se negó y adivinando que el guarnicionero era blanco le habló de un modo que hizo enrojecer de vergüenza al falso indio hasta el punto de que invitó aljoven a que lo acompañara hasta su casa. El guarnicionero vivía en una cabaña de madera que había construido él mismo y tenía esposa y dos hijos todos los cuales le tenían por loco y solo esperaban la oportunidad de huir de él y de aquel paraje inhóspito adonde los había llevado. Así que acogieron con agrado al huésped y la mujer le dio de cenar. Pero mientras comía, el viejo empezó a insistir otra vez para sacarle algún dinero y dijo que eran pobres como en efecto lo eran y el viajero le escuchó y luego sacó dos monedas que el viejo no había visto jamás y el viejo las cogió y las examinó y se las enseñó a su hijo varón y el joven terminó de cenar y le dijo que podía quedarse con las dos. Pero la ingratitud abunda más de lo que os imagináis y, como no estaba satisfecho, el guarnicionero empezó a preguntarle si no tendría por casualidad otra moneda de aquellas para su esposa. El viajero apartó su plato y se encaró al viejo y le soltó un discurso y en aquel discurso el viejo oyó cosas que ya sabía pero había olvidado y oyó cosas nuevas que ligaban con las primeras. El viajero concluyó diciéndole al viejo que estaba perdido tanto para Dios como para los hombres y que no dejaría de estarlo mientras no aceptara a su hermano en su corazón como si fuera él mismo y no acudiera en auxilio de sus semejantes en algún lugar desértico del ancho mundo... [...] Ante esto el viejo se arrepintió de nuevo y juró que el muchacho tenía razón y la madre que estaba junto a la lumbre no daba crédito a sus oídos y cuando el viajero anunció que había llegado el momento de partir ella tenía lágrimas en los ojos y la niña salió de detrás de la cama y se agarró a las piernas del joven. El viejo se brindó a acompañarlo un trecho para desearle buen viaje y asesorarle sobre cuál dirección tomar y cuál no, pues apenas había postes indicadores en aquella parte del mundo. Por el camino le habló de la vida en aquel lugar salvaje donde uno veía a gente a la que no volvía a ver nunca más y en esas llegaron al cruce y allí el viajero le dijo al viejo que ya le había acompañado bastante y le dio las gracias y se despidieron el uno del otro y el desconocido siguió su camino. Pero el guarnicionero parecía incapaz de resignarse a perder su compañía y le llamó y le acompañó un trecho más. Y al poco rato llegaron a un lugar donde el camino atravesaba un frondoso bosque y en aquel lugar sombrío el viejo mató al viajero. Le mató con una piedra y le cogió la ropa y el reloj y el dinero y lo enterró junto al camino en una tumba poco honda. Luego volvió a su casa. De camino se desgarró la ropa y se hizo sangre con un pedernal y le explicó a su mujer que unos ladrones los habían asaltado y que habían asesinado al viajero y solamente él había podido escapar. La mujer rompió a llorar y al cabo de un rato hizo que la llevara al lugar de los hechos y cogió unas primaveras silvestres que allí crecían en abundancia y las puso sobre la tumba y volvió muchas veces a aquel paraje hasta que ya no pudo andar. El guarnicionero vivió para ver crecido a su hijo y nunca más volvió a hacer daño a nadie. En su lecho de muerte le llamó y le contó lo que había hecho. Y el hijo dijo que le perdonaba si es que a él le correspondía hacerlo y el viejo dijo que así era y luego murió. Pero el joven no lo lamentó pues estaba celoso del muerto y antes de marcharse fue a visitar la tumba y retiró las piedras y sacó los huesos y los esparció por el bosque y luego se fue. Se fue al oeste y él mismo se convertiría en un asesino.

El que no tiene hogar porque se cobija a la extensión lineal de espacio extendido que es el camino teme al hogar, el interior es un espacio que le provoca agorafobia -le aterroriza la edificación de los muros como una 'nave en el tiempo': miedo al naufragio, pero invertido. Terror volteado hacia sí. La en-marcación del territorio supone al mundo desde un punto. La ruina testimonian la desaparición del altanero que pretendía interior-izar para quedarse hacer suyo lo que le rodea creando un espacio en donde la intemperie es enajenada. El hogar deshabitado recuerda al borde del camino la necesidad de no demo
rar. Habitar el espacio extendido de que suspende el tiempo a través del espacio vital del mundo nomada: tensión constante en encuentro con lo exterior. Educar con el abandono, por que morar es demorarse, habitar con el despojo por que contar la vida es andanza.

[...] Esta historia tiene un corolario. A aquel viajero cuyos huesos ya nos son familiares le esperaba una joven esposa que estaba gestando un hijo del viajero. Pues bien, ese hijo, la existencia de cuyo padre en este mundo es histórica e hipotética ya antes de que el hijo vea la luz, va por el mal camino. Toda su vida llevará ante sí el ídolo de una perfección que jamás podrá alcanzar. El padre fallecido le deja sin patrimonio, pues es sobre la muerte del padre sobre lo que el hijo tiene derechos y esa es su herencia, mucho más que sus bienes. No llegará a conocer las mezquindades que templaron al hombre en vida. No le verá bregar con quimeras de cosecha propia. No. El mundo que hereda da al hijo un testimonio falso. Es un hombre arruinado por un dios yerto y nunca encontrará su propio camino. Lo que es verdad de un hombre, dijo el juez, es verdad de muchos. Los antiguos pobladores de esta región se llamaban anasazis. Abandonaron esta tierra hostigados por la sequía o la enfermedad o las bandas de forajidos, abandonaron estos parajes hace siglos y no queda constancia de ellos. Existen en esta tierra como rumores o fantasmas y se los venera mucho. Los utensilios, el arte, los edificios: estas cosas son la condenación de las razas posteriores. Pero no hay nada a lo que estas puedan agarrarse. Los antiguos desaparecieron como fantasmas y ahora los salvajes rondan por estos cañones al son de antiguas risas. En sus chozos escuchan a oscuras el miedo que se va filtrando de las rocas. Toda progresión de un orden superior a uno inferior está jalonada por las ruinas y el misterio y por un vestigio de rabia sin nombre. Bien. He aquí a los padres muertos. Su espíritu está enterrado en la piedra. Yace sobre esta tierra con el mismo peso y la misma ubicuidad. Pues quienquiera que construye un refugio con cañas y pieles de animal se suma en espíritu al destino colectivo de las bestias y volverá al barro primordial sin apenas un grito. Pero quien construye con piedra busca alterar la estructura del universo y así ocurrió con estos albañiles por más primitivas que puedan parecernos sus construcciones. Dos hijos, el uno que hereda la verdad revelada en el lecho de muerte y el que hereda al mundo un testimonio falso. Seres picados por la ponzoña de una noche a la mitad de dos puntos. huidizos de la sombra de las ruinas que les designan.
A mí me parece, dijo, que tanto un hijo como otro están a la par en cuanto a desventajas. Por tanto, ¿cómo hay que criar a un hijo?
A edad temprana, dijo el juez, deberían encerrarlos en un foso con perros salvajes. Deberían obligarlos
a descifrar mediante las oportunas pistas cuál de tres puertas no guarda leones salvajes. Deberían hacerlos correr desnudos por el desierto hasta que... Ya basta! dijo Tobin. He formulado la pregunta con la máxima seriedad.

Y yo la respuesta, dijo el juez. Si Dios pretendiera interferir en la degeneración del género humano, ¿no lo habría hecho ya? Los lobos se matan selectivamente. ¿Qué otra especie podría hacerlo? ¿Acaso la raza humana no es más depredadora aún? El mundo nace y florece y muere pero en los asuntos de los hombres no hay mengua,
el mediodía de su expresión señala el inicio de la noche. Su espíritu cae rendido en el apogeo de sus logros.Su meridiano es a un tiempo su declive y la tarde de su día. ¿Le gusta el juego? Muy bien, pues que apueste algo. Esto que ves aquí, estas ruinas que tanto asombran a las tribus de salvajes, ¿no crees que volverán a existir algún día? Sí. Y otro más. Con otras personas, otros hijos.

Fratmentos tomados de Cormack McArthy. Meridiano de Sangre.
Foto: Morganna Ly.