El mismo Sócrates consiente de que estaba tratando con
invisibles utiliza una metáfora para explicar la actividad de pensar — la
metáfora del viento: “Los vientos tampoco son visibles, pero nosotros vemos sus
efectos, sentimos su presencia”. Sófocles (…) sitúa el “pensamiento aéreo” entre
las cosas dudosas, reverenciales, con las que los hombres pueden ser bendecidos
o maldecidos. En nuestros días Heidegger ocasionalmente habla de la “tempestad
del pensamiento”, y utiliza la metáfora explícitamente en el único punto de su
obra donde habla expresamente sobre Sócrates: “Durante toda su vida y bien
hasta la muerte, Sócrates no hizo otra cosa que colocarse en este viento (el
pensamiento) y mantenerse ahí. Por eso es el pensador más puro de Occidente.
Por eso no escribió nunca nada. Pues quien comienza a escribir partiendo del
pensar, debe semejarse inevitablemente a aquellas personas que buscan refugio
cuando sopla el viento demasiado fuerte… todos los pensadores de Occidente después
de Sócrates, independientemente de su grandeza, debieron ser todos tales
refugiados. (..)
Esta metáfora no tiene mucho sentido en el contexto en el
que la menciona Jenofonte, siempre atento a defender a su maestro con sus
argumentos vulgares frente a acusaciones vulgares. Con todo el mismo señala que
el viento invisible del pensamiento se manifestaba en los conceptos, virtudes y
valores que Sócrates sometía a examen crítico. El problema está en que cuando
este mismo viento se levanta tiene, la propiedad de llevarse consigo sus
manifestaciones anteriores.: esto es por lo que una misma persona puede “ser
comprendida y comprenderse a sí misma como tábano y, a la vez, como pez
torpedo. En la naturaleza de este elemento invisible está el deshacer,
descongelar, por así decir, lo que el lenguaje, el medio del pensamiento, ha
congelado en el pensamiento— palabras (conceptos, frases, definiciones,
doctrinas) cuya “debilidad” e inflexibilidad denuncia Platón tan
espléndidamente en la Séptima Carta. La consecuencia es que el pensamiento
tiene inevitablemente un efecto destructivo socava todos los criterios
establecidos, los valores, las pautas del bien y el mal, en definitiva,
aquellas costumbres y reglas de conducta de que tratan la moral y la ética.
Estos pensamientos congelados, parece decir Sócrates, son tan cómodos que te puedes
valer de ellos durante el sueño; pero si el viento del pensar, que ahora voy a
soplar en ti te ha sacado de tu sueño, te despierta totalmente y hace vivo,
verás entonces que sólo te puedes asir a la incertidumbre, y lo mejor que
podemos hacer con ella es compartirla unos con otros.
De ahí que la parálisis provocada por el pensar sea doble: es
propia del ¡detente y piensa!, la interrupción de cualquier otra actividad—psicológicamente
se puede definir, un “problema” como “una situación que, por alguna razón,
bloquea un organismo en su esfuerzo por alcanzar un fin—, y puede tener también
un posterior efecto de aturdimiento, una vez que se ha salido de él, sintiéndose
inseguro de lo que parecía fuera de toda duda mientas estaba irreflexivamente
ocupado por cualquier cosa. Si aquello que se acaba haciendo consistía en
aplicar reglas de conducta general a casos particulares tal y como surgen en la
vida común, te encontraras paralizado, porque ninguna de tales reglas puede
oponerse al viendo del pensar.
(Arendt, H. 1984 La vida del espíritu. Centro de Estudios Constitucionales, Madrid.
p 205-206)

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